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Los ‘caza huracanes’ de CFE

Los avisos meteorológicos eran pesimistas, de tormenta tropical había escalado a huracán categoría 1, luego a 2, 3, 4, y se estaba convirtiendo en un súper huracán categoría 5. Pedro López, un trabajador veterano, de esos curtidos por la vida y las incontables jornadas, dijo en voz alta; ¡a esos huracanes hay que tenerles respeto aunque no miedo señores! En la CFE se agilizaron los preparativos en diferentes partes del país. -Hay que salir cuanto antes con nuestro personal para la península de Yucatán- exclamó el ingeniero Martín Pineda, rematando; ¡El huracán impactará en menos de dos días!

Se corrió esta noticia dentro de la Zona Istmo de Tehuantepec, ubicada en el estado de Oaxaca. El comentario generalizado era que se requerían de los mejores trabajadores para irse a la emergencia como caza huracanes. Se sentía algo así como en los tiempos de la revolución, donde los hombres se iban a la guerra dejando todo; casa, tierra y familia. Los preparativos se dieron con rapidez, y en menos que canta un gallo un convoy salía a encontrarse con su destino. Era una larga fila de camiones, grúas, camionetas saliendo al amanecer. La consigna era viajar de corrido desde Juchitán hasta donde fuera necesario, manteniéndose pendientes de la trayectoria del huracán.

Para Luis Toledo, trabajador de los más jóvenes, iba a ser su primera experiencia en misiones de este tipo. Se le notaba nervioso, emocionado, ansioso, le habían contado muchas historias de emergencias pasadas. Ahora le tocaría la oportunidad de vivir una él mismo. El convoy cruzó el istmo de Tehuantepec, pasando por Matías Romero, ciudad que fue prospera cuando la época de oro del ferrocarril. Entraron a territorio veracruzano por Acayucan, Minatitlán, Aguadulce. Luego ingresaron al edén del trópico; Tabasco, pasando por Cárdenas, Villahermosa, Frontera. Después territorio campechano cruzando Ciudad del Carmen, Champotón. Ya era medianoche, muchas horas de viaje sin parar, cuando el convoy pasó por Mérida Yucatán. El ingeniero Martín avisó a todos en el convoy: -Nos seguimos hasta Cancún-, en la madrugada la orden cambió el destino a Playa del Carmen, lugar donde hicieron una escala a las 5 de la mañana. El huracán estaba cerca, aunque no se le veía, se presentía su cercanía y su amenaza.

El ingeniero Martín le pidió a Pedro que avisara a todo el contingente que saldrían hacia Chetumal, el huracán estaba perfilándose para impactar en pocas horas a esa región. Después de un desayuno que Luis sintió un tanto insípido, no por falta de sazón, sino por el nerviosismo y cierta dosis de temor, el convoy reinició su marcha. Pasaron por poblados pintorescos, entre ellos Carrillo Puerto. Pedro recordó con cierta nostalgia el pueblo donde creció, con casas de tejados rojos y gentes sencillas, donde las personas se saludan aunque no se conozcan. Veían a su paso a los lugareños, gente amable que con las manos los saludaban o bien decían adiós. Sabían que toda esta gente en camiones con placas de estados distantes había llegado a apoyarlos, ayudarlos. Arribaron a Chetumal a media tarde, desvelados, cansados, y hambrientos. La ciudad, capital del estado de Quintana Roo lucía vacía, triste, quizás influía ese cielo nublado, opaco, que lo hacía parecer un pueblo fantasma, sin gente en las calles, cerradas las casas, ni siquiera los perros de casa o callejeros se les veía en la ciudad. Luis preguntó a todos y a nadie en particular, -¿y ahora donde comeremos?-, -En la calle- respondió Pedro, -pero todo está cerrado- replicó de nuevo Luis, entonces el ingeniero Martín le explicó que una camioneta venía cargada de provisiones. Totopos, esas tortillas secas y crujientes de Oaxaca que pueden durar días, meses si no es que años, queso seco, algunos pescados secos, y una buena dotación de latas de atún, sardinas y chiles jalapeños. Se sentaron a comer en la banqueta de una calle cualquiera. Una comida que les supo a manjar del cielo. De pronto una camioneta con el escudo de CFE que pasaba se detuvo, se mueve de reversa y les pregunta; -oigan compas, ¿donde consiguieron comida?, ya buscamos pero todo está cerrado-, Pedro les respondió que la comida la traían con ellos, que se acercaran y que les convidarían de sus provisiones, lo cual les pareció fabuloso. Comieron juntos, los recién llegados eran de Tampico Tamaulipas, nunca en su vida habían probado el totopo oaxaqueño. Quien sabe sí por cortesía o de verdad dijeron que les sabía muy bien. Terminando de comer el grupo encontró un hotel que accedió a hospedarlos. Después de una cena consistente en café con pan oaxaqueño, se dispusieron a dormir porque lo bueno estaba por venir.

A la una de la mañana comenzó el viento, como una obra musical, in crescendo, sonaba más y más fuerte cada vez, hasta que eran ráfagas violentas que hacían estremecer y crujir puertas y ventanas. Todos salieron al corredor y ahí estaban entre somnolientos y espantados, viendo la furia del huracán que doblaba y derribaba las palmeras, desprendía anuncios, aullando como fiera mitológica. De pronto ¡se fue la luz! oscuridad total. Trastabillando algunos fueron a sus cuartos para encender lámparas de mano, prender los radios de comunicación portátiles, el huracán estaba en su máxima expresión. Pedro ilumina un rostro desencajado, sudoroso, era el de Luis, que en silencio apretaba los dientes de miedo, -quiero ir a mi camioneta por mis botas de hule- exclamó por decir algo en ese momento, Pedro lo tranquilizó; –calmado Luis, dentro de poco todo habrá pasado, ni se te ocurra salir de la seguridad del hotel porque es muy peligroso por los objetos volando como proyectiles por causa del viento huracanado-, -gracias don Pedro, tomaré en cuenta sus palabras- respondió Luis. El huracán por momentos parecía amainar y en otros arreciaba, así fue hasta casi amanecer.

Con la luz del día y ya sin la fuerte lluvia ni viento, pudieron ver que el estacionamiento del hotel estaba lleno de ramas de árboles y restos de quien sabe cuántas cosas. Una camioneta estaba atravesada por una especie de estaca, ¡era la de Luis!, tenía algo así como una rama que se incrustó como una lanza en el metal y la cruzó como si fuera mantequilla. Luis al ver ese cuadro se estremeció de pensar que eso le hubiera podido pasar en caso de haber salido del hotel durante el huracán, pensó para sus adentros –hay que respetar y hacer caso a los que tienen experiencia- recordando la recomendación de Pedro.

El ingeniero Martín dio la instrucción de recorrer las calles para valorar los daños y planear los trabajos de reparación. Todo Chetumal y las poblaciones circunvecinas estaban sin energía eléctrica. A media mañana ya estaban cuantificados los daños. La prioridad era que tuviera luz la ciudad lo más pronto posible. Allí comenzó el trabajo fuerte, reparar, cambiar, postes, transformadores, cableados. A media noche ya tenían un buen avance en la ciudad. Parecía fiesta en algunas colonias por los gritos de alegría de los vecinos cuando llegaba la luz de nueva cuenta, eso hacía sentir en los trabajadores satisfacción, contentamiento, tanto así que el cansancio pasaba a ser algo secundario. -A cenar- llama por el radio el ingeniero Martín a sus trabajadores. ¡Ya cambió el menú! Gritó Luis a sus compañeros quienes lo miraron con extrañeza, rematando nuevamente Luis; -antes era atún y sardinas, está noche será diferente, ahora cenaremos sardinas y atún- lo que provocó las risas y carcajadas en el grupo. Llegaron al hotel donde aun no había luz eléctrica. Le dieron prioridad a trabajar en sectores de la ciudad donde hay hospitales, plantas de bombeo de agua o donde era más propicio. Durmieron con las puertas y ventanas de las habitaciones abiertas por el calor tropical, aunque eso fue una invitación a los moscos a compartir el hotel con el grupo.

A las 5 de la mañana todos se levantaron para bañarse, tomar un café como soldados, de pie y en vaso desechable, para salir al campo de nueva cuenta. Esta sería la rutina de las dos semanas siguientes.

A la tercera noche ya tenía energía eléctrica el hotel. No dormirían más teniendo de compañía el calor, la oscuridad y los moscos. Al quedar toda la ciudad con energía durante la misma semana, el ingeniero Martín distribuyó el personal en el área rural. Unos a Bacalar, otros a Xhul ha, Santa Elena y Majahual donde impactó el ojo del huracán. En todos estos lugares, la gente los miraba llegar y se ponían más que contentos, con sonrisas les daban la bienvenida, sabían que llegaban a trabajar para que volvieran a tener luz.

Una noche en el poblado Santa Elena, como a las nueve, de la oscuridad y entre el ruido de los grillos y el croar amplificado de las ranas, unos pobladores se acercaron hasta donde trabajaba Pedro. Estas personas estaban enteradas que faltaba poco para que volvieran a tener luz. Uno de ellos, señor grande de edad y pequeño de estatura le dijo a Pedro, -por favor sigan trabajando, ya no aguantamos los moscos, el calor, y pasar oscuridad, si terminan hoy, les prometemos pagarles algo de nuestro dinero-, Pedro deja por un momento lo que está haciendo, lo mira fijamente a los ojos y le dice; -no le estamos pidiendo dinero, tampoco se lo aceptaríamos-, -trabajamos duro porque sabemos cuánto necesitan tener luz, no tengan cuidado, ya falta poco, pronto tendrán luz nuevamente-. En esa oscuridad, solo las luces de los faros de las camionetas alumbraban medianamente el área de trabajo, el campesino se acercó al trabajador con la mano extendida para estrechársela, y ya en el apretón de manos atrajo a Pedro y le dio un abrazo diciéndole en voz baja; -gracias, muchas gracias, Dios les bendiga, en verdad ustedes son gente de trabajo, gente de bien-. Pedro se secó el sudor de la frente y después de agradecer a este hombre sus palabras, siguió concentrado en su trabajo con el fin de terminar cuanto antes.

No faltó el trabajador que se enfermó del estomago, otro más como Luis, con las lluvias que caían inesperadamente en plena jornada laboral le dio gripe, pero ninguno quería dejar de trabajar. Cuando el ingeniero Martín les ordenaba ir al doctor, Luis decía -ya estaré bien, el deber llama, hay gente que necesita de nuestro trabajo-, y a regañadientes aceptaba unas pastillas y se iba al tramo con el reflejo de la convicción en su mirada.

En Bacalar, donde está la laguna llamada de los siete colores, unas niñas con vestimenta sencilla y mirada tierna, se acercaron al ingeniero Martín cuando supervisaba a pie los trabajos de reparación, le ofrecieron una botella, una lata de soda, refresco. No estaba fría porque aun no había energía eléctrica, diciéndole; -tome, está muy fuerte el calor y debe tener mucha sed-, el ingeniero Martín les dijo; -muchas gracias niñas, este refresco me caerá muy bien en este momento, me gustaría tomarme una foto con ustedes, ¿puedo?- las niñas de buen agrado y entre risas de timidez aceptaron. Después de la foto las niñas se retiraron por la calle polvorienta y sin pavimentar hacia su casa. El ingeniero Martín se quedó mirando el horizonte con su lata de bebida en la mano, conmovido y sorprendido por ese gesto de gratitud, de solidaridad, de esas niñas de Bacalar.

Con ese ritmo acelerado los días pasaron volando. Fueron dos semanas intensas. En tiempo record se logró que todos contaran nuevamente con luz eléctrica.

Los trabajadores lucían agotados, con cansancio acumulado. Hasta Luis y el ingeniero Martín se veían más flacos de lo usual. No era para menos, dormían poco, comían lo que se podía, trabajaban unas diecisiete horas todos los días. Llegó la tarde en que les avisaron que los trabajos habían concluido. Hasta ese momento la adrenalina comenzó a bajar poco a poco en cada cuerpo. Pedro y los demás trabajadores buscaron sentarse donde podían. Hicieron como una rueda, un circulo.
El ingeniero Martín quien era el único de pie les preguntó; -¿Cómo sintieron la experiencia de venir y trabajar en esta emergencia?-, Pedro, el liniero más veterano del equipo, tratando de aclararse la voz dijo; -compañeros, quizás muchos de ustedes no lo saben, esta es mi última emergencia, regresando al istmo me jubilo. Me duele saber que no volveré a estar con ustedes, mis amigos, mi familia, créanme que extrañaré estos momentos, donde hemos entregado el alma como equipo, cuidándonos entre nosotros, sirviendo a nuestros semejantes, les pido que sigan así, trabajando con seguridad, responsabilidad, honestidad, pasión, entrega, sacrificio. Me voy jubilado, pero la camiseta de CFE, esa no la dejo, me la llevo puesta y así será hasta el último de mis días-, las últimas palabras Pedro la dijo con la voz quebrada por la emoción. Luis no pudo evitar por más que quiso que unas lágrimas escurrieran furtivamente por su rostro. También los hombres lloran y eso no debe ser motivo de pena o de vergüenza.
Pedro se dispuso a darle un abrazo fuerte y sentido a cada uno de los integrantes del equipo, a la vez que con la manga de su camisa se secaba sus ojos. Luis pidió la palabra levantando la mano. Todos se pusieron atentos para escuchar al novato del equipo. –Para mí, esta experiencia que he vivido con ustedes ha marcado mi vida, porque he aprendido que cuando uno sirve a otros que nos necesitan, el alma se llena de alegría, se da uno cuenta que no importa tanto el dinero, el salario, sino el hecho de ayudar, de servir, siente uno que la vida tiene sentido y vale la pena, gracias por traerme con ustedes a la emergencia, quisiera decir mucho mas pero ya no tengo las palabras…- los trabajadores le dieron un aplauso de aprobación a las palabras de Luis.
El ingeniero Martín agradeció a todos los del equipo su entrega, reconociendo también la labor de quienes aunque sin ir a la emergencia pusieron su granito de arena, como los trabajadores de las áreas de apoyo, en general todas las áreas de CFE son importantes porque aportan en el logro de las metas, los proyectos, los retos, y como en ese caso, las emergencias.

Esa noche cual guerreros al terminar el fragor de la batalla, los trabajadores se fueron a dormir, cansados pero contentos de haber vencido. En la madrugada del día siguiente era la salida de regreso para Juchitán. Después de haber cumplido, la recompensa era volver a casa. Todos tenían mucho que contar a sus familias, compañeros que se quedaron allá trabajando, especialmente Luis, el novato que tuvo en esta emergencia su primera vivencia de este tipo.

Así es la vida de los electricistas de CFE, de trabajo y sacrificio, pero con un contentamiento interior de saber que están haciendo lo correcto. Esta fue una historia de gente que ama su trabajo, a su empresa, especialmente a ese gran país llamado México. Pudieron decir todos: “¡Misión cumplida!”.

Ya dirá Dios en el futuro si tendrán que salir a cazar otros huracanes. Si así fuera, estarán listos y dispuestos para ir donde los necesite su empresa y la patria.

Acerca de Eduardo Olivares Perez

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